Ashtanga yoga: ¿Qué puede salir mal?

Te preparas, pones la esterilla, te pones de pie y te dices a ti mismo: “venga, hoy sí. Toda la serie, las respiraciones en su momento, la mirada y la alineación. Todas las posturas bien hechas y hoy si lo lograré”. Te preparas para un maratón. ¿Qué puede salir mal?

El método de Ashtanga Vinyasa yoga no es fácil. Es una práctica dinámica y que desde fuera parece muy rígida. Requiere de mucha atención física y metal para acordarte de todas sus posturas y detalles y, además, no es una clase guiada.

El Ashtanga Vinyasa yoga —al igual que otros métodos— requiere de paciencia y ausencia de ego. Vas aprendiendo la serie poco a poco, para adaptarte tanto a las posturas como a la resistencia que requiere llegar hasta ellas y solo seguirás avanzando cuando estés “preparado”. Cuando te preparas para un maratón la primera vez que sales a correr no haces los 42Km. Sería una locura. Entonces, ¿por qué hacerlo con el yoga?

Al hablar sobre el método Ashtanga un par de preguntas y un par de comentarios llaman mi atención:

– “¿Haces toda la serie?”

– “¿Hasta qué postura llegas?”

– “A mí me cuesta hacerlo todo porque la serie es muy intensa y siempre igual. Me canso y mentalmente no puedo llegar al final”.

– “Me esperaré porque primero tengo que tener una base de yoga para poder comenzar con el Ashtanga”.

Yo escucho: Ego, ego, ego y más ego. Mucha gente tiene una relación amor-odio con el Ashtanga. Yo os explico cómo me enamore de este método de yoga.

Siendo una persona disciplinada, rutinaria y estructurada, la práctica siempre me encajo bien. Tuve mi crisis de ego, de saciarme de posturas, hasta que encontré una respuesta: hago yoga para estar aquí y ahora, no para avanzar en posturas. El objetivo al estar en la esterilla no es “voy a hacer la serie entera” o “quiero que tal postura me salga bien”. El objetivo es: voy a estar y disfrutar de mi cuerpo, de mi mente y sentir; sobretodo sentir. A veces llegas al final, a veces no, y siempre habrás hecho una buena práctica. Quitarse ese lastre en la práctica de Ashtanga no es sencillo, precisamente porque no es una clase guiada. Normalmente en una clase guiada haces lo que dice el profesor y ya está, no lidias con tu mente tan intensamente como cuando realizas la práctica solo.

Al tiempo de practicar Ashtanga Vinyasa yoga se revela el absurdo de nuestros apegos a las ideas falsas de progreso. Los verdaderos obstáculos son las exigencias que nos hacemos a nosotros mismos, no los requerimientos de la práctica, los cuales son maleables y adaptables —siempre puedes ajustar una postura a tus necesidades físicas. Si la secuencia parece a momentos demasiado exigente es simplemente porque nosotros estamos proyectando nuestras ambiciones en la práctica, sin reconocerlas como nuestras.

Cuando trabajamos estas exigencias, aprendiendo a cultivar una atmósfera de compasión hacia nuestros cuerpos y mentes, nos encontramos con algo más valioso que lo que originalmente deseábamos. En vez de esa práctica romántica, en la cual alineamos cada postura con precisión quirúrgica, nos encontramos con una práctica que nos permite aceptarnos a nosotros mismos, tal como somos, y saborear la experiencia profunda de sentir profundamente el cuerpo moviéndose y respirando. Esta es la máxima de la práctica.

La estructura “rígida” de la práctica de Ashtanga es parte de lo que la hace tan potente. Esa estructura nos permite ver, por contraste, que la experiencia de la práctica no es para nada rígida. Si nos concentramos en cada momento sin pensar en la siguiente postura, si aceptamos cada momento como único y continuamos practicando con una mente abierta, eventualmente vienen las subidas estimulantes. Enfocarse en el momento y no en el progreso es lo que nos llevará hasta el final. El punto de esta práctica no es potenciar nuestras habilidades físicas, es más bien llenar nuestro cuerpo y mente de consciencia.

Mientras estos ciclos se acumulan, notamos oscilaciones cíclicas de igual índole que tienen que ver a su vez con nuestro entorno: el trabajo, la familia, las relaciones, etc., donde el cambio es una constante. En este sentido, no hay un gurú que nos guíe: ni en la práctica de Ashtanga ni en la vida misma. Tendremos que sortear obstáculos, aprender a vivir con las posturas que no nos gustan y desapegarnos de las que sí.

En el arte somático de sentir en el cuerpo, no hay perfección ni forma específica que alcanzar, no hay postura a la que llegar, no hay comparaciones que resaltar ni objetivos que cumplir. Sólo existe una infinidad de movimientos de apertura y descubrimientos continuos. El método de Ashtanga, el cual es una secuencia rítmica y orgánica, nos lleva a ese movimiento y nos lleva a darnos cuenta que, en nuestra vida, estamos dentro de ese movimiento. El sistema nos enseña lo ridículo que pueden ser nuestras ambiciones. Cuando renunciamos ante nuestras pretensiones de control y permitimos adaptarnos a las posturas de una manera inteligente, la secuencia del Ashtanga se vuelve puramente maravillosa.

Volviendo al principio del texto: ¿Quién es rígido? ¿El sistema de Ashtanga o nuestras expectativas? Todos los métodos de yoga son bellos en sí mismos y algunos nos adaptamos a unos mejor que a otros. Quizás deberíamos darnos cuenta que toda esa rigidez que creemos que tiene el método Ashtanga —o críticas que hacemos a otros métodos— en conjunto con todas las exigencias hacia la perfección y completo control, son impuestas externamente. Son proyecciones de nosotros mismos. En esa realización, podemos re-descubrir las presiones que sentimos hacia nuestra persona y liberarlas en la práctica. Es así es como creamos un espacio para la consciencia.

En vez de imponer exigencias, objetivos y requerimientos, podemos enfocar la práctica de Ashtanga —o cualquier método de yoga— como un marco adaptable para explorar y expresar nuestra vitalidad y para volvernos más íntimos con las fuerzas creativas que nos definen. Es entonces cuando podremos practicar vigorosamente sin ambición y sin ningún deseo excepto el de sentirnos a nosotros mismos y explorar el sublime sentir de estar vivos.

Te preparas, pones la esterilla, te pones de pie y te dices a ti mismo: “disfruto y siento”. ¿Qué puede salir mal?

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