Riegos del corazón

Cada cual necesita lo mínimo para sobrevivir. Las plantas tienen sed, los mosquitos hambre de verano y a mi me tocó una sacudida de memorias, de las cuales a veces podría prescindir.

     Estoy en el huerto regando las plantas cuando escucho:

—¡Oye nena! que te vas a gastar toda el agua— grita el vecino de al lado.

—¡No hombre no! Si agua sobra— respondí.

—Ya ya, yo era por decirte algo— se ríe.

     Su semblante es característico de campo: vaqueros, zapatos desgastados, camisa chemise verde oscuro (mojada de sudor), cara curtida de sol y trabajo. Como añadido, un palique de esos que no sabes como abordar y menos como cortar.

—Este mes no ha sido bueno para mí— dice negando y mirando al suelo como niño con vergüenza.

—¿Ah no?— respondo mientras pienso «¿qué historia me contará ahora el abuelo?».

—No. A mi me mujer le operaron y le sacaron todos los ovarios y todo eso de allí, pero la cosa no pinta bien. Está con quimio. El otro día se me cayó en las escaleras. Un desastre. Estamos pasando una mala racha.

     Trago saliva. Al principio pensé que su palique sería casual y por dentro me decía «que pereza, tengo prisa y no estoy para enrollarme a hablar». Después de semejante confesión, se me quitaron las prisas pero las ganas de hablar se desinflaron por completo. ¿Qué le dices a alguien cuando sabes que no te puedes esconder detrás del “todo estará bien”?

     Que poco sabemos de los demás y como vamos irresponsablemente señalando conductas que tienen un bagaje de lo más inesperado. Le quería decir lo mucho que le entendía. Le quería contar mi experiencia, pero entendí que era su momento. Hablar de mí era hacerme protagonista de una historia que no me pertenecía.

     Me dijo que lloraba mucho pero que subía a la planta de arriba de su casa para que la mujer no lo viera. Después de varios hijos y toda una vida trabajando, se jubilan, y cuando al final creen que ya van a descansar, la lotería jugó su numerito, «pero hay que hacer de tripas corazón» dijo a modo de resignación. Una frase muy conocida para mí.

—Es un golpe duro— solté de repente.

—Si hija si. A veces le pregunto a ella cómo está, cómo se siente y ella dice que bien, pero tú sabes, la procesión se lleva por dentro.

     Escucho a mi papá, con sus frases típicas, que albergan certeza y son tan antiguas como nuestra camiseta favorita aguantando el desgaste del tiempo.

     La gente le dice que tranquilo, que todo estará bien, que no se preocupe —como si eso no fuera suficiente motivo de preocupación. Cuantas frases “positivas” inventamos para liberarnos de la realidad. Una maleta mágica llena de ilusiones en el mar a la deriva, para romper la crudeza de lo cotidiano e inventar un final feliz. Yo no fui capaz de mentir, ni de contarle mi historia, ni de expresarle cuanto le entendía. Me di cuenta lo tanto que deseaba que no tuviera que vivir esa verdad, pero ni eso tuve el valor de decir.

     Hay silencio porque no hay nada que decir y a pesar de ser un día soleado y nítido el aire se siente espeso. Espero que la próxima vez que vaya al médico este le diga que de verdad todo estará bien y que la ilusión se haga realidad.

—Bueno guapa, me voy a casa. ¡Que vaya bien!

     Se fue así, de repente, y yo me quedé allí como agua desbordándose del huerto.

    Me quedé con ganas de poder decirle más cosas, de no haberme quedado tan callada pero aún ahora, no sabría que decir. Quizás porque aunque me encante escribir, sé que el poder de escuchar a veces es más fuerte que las palabras. Es el precio de la empatía.

     Por los menos las plantas calmaron su sed y los mosquitos otro tanto.

 

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