Reflexiones: Nunca digas no tengo tiempo, sobre todo si es para vivir

         Hay un síndrome muy típico en nuestros tiempos, que lo padecemos sin duda la gran mayoría de las personas, o tal vez la totalidad de ellas. Consiste en “NO TENER TIEMPO”. Al extremo que muchas personas antes de oír el planteamiento ya adelantan la frase : “no puedo, no tengo tiempo”.

        La verdad es que siempre hay y debe haber tiempo para todo. Lo que hace falta es ganas de vivir fuera de la rutina y la cotidianidad. Falta resistirnos a crearnos obligaciones mentales que solo existen en nuestra imaginación y que sin embargo consideramos tan reales que gobiernan nuestra existencia y limitan nuestra capacidad de vivir. Añadidos además, los ya tradicionales psicofrenos como: modas, convenciones, rituales (cuadrilla de amigos, vida familiar, cena de los sábados, fútbol del domingo, etc), los tabúes y los prejuicios (el qué dirán), que impiden frecuentemente el goce.

         Es un hecho cierto que nueve de cada diez decisiones que tomamos un día las ejecutamos casi como autómatas. Y es que las circunstancias pueden tanto. Apenas queda margen para improvisar o para ceder ante los impulsos de hacer algo distinto.

         Un buen baremo de la consideración y mimo que tengo hacia mí mismo, es ver con qué firmeza e ilusión defiendo y estructuro mi tiempo de ocio. No lo olvidemos.

         Dedicar un esfuerzo a aumentar las satisfacciones que nos depara el tiempo libre es, sin duda, muy fértil. Porque ocio no debe significar forzosamente “no hacer nada”. El ocio es la otra cara de la moneda del trabajo —si es que este no te gusta. El querer frente al deber. El tiempo para hacer lo que a mí me gusta y “me llena”. Es mi tiempo, tras muchos días de esfuerzo laboral o académico, y debe entenderse independiente de las rutinas y convenciones que rigen nuestra vida cotidiana.

      En ocasiones no acometemos determinadas tareas, confiando en que mañana la podemos realizar, trayéndonos con frecuencia incumplimientos de nuestros compromisos, sin darnos cuenta que hemos malgastado el tiempo por un descuido. Este comportamiento no nos permite pensar que nunca tendremos más, que el día solo tiene 24 horas y que incluso no las podemos utilizar todas para el trabajo, ya que esto pudiera conducirnos al agotamiento físico, al aumento de la tensión emocional o al desequilibrio.

        No pretendamos erróneamente incrementar nuestro tiempo. Ante todo, las personas no tenemos tiempo. El tiempo está, y lo utilizamos o no, ya que el mismo no lo podemos poseer, ni guardar para ser usado en otro momento.

       Reserva “bloques de tiempo” para tus cosas importantes. Puede ser difícil hacer esta reserva para cierta actividad, pero a veces no hay otra manera de acometerlo con eficacia y eficiencia. Hazte preguntas, acostúmbrate a reflexionar para sacar experiencias del pasado, del presente y poderlas aplicar en el futuro. No realices cosas que no valgan la pena, concéntrate en lo importante, en tus metas definidas por ti y para ti, ya que al final es tu vida la que cuenta.

       Cuando decidas hacer algo, hazlo, sobre todo lo más que puedas, lo mejor que puedas, lo más pronto que puedas. Poner manos a la obra es un buen hábito, que cura el mal hábito de aplazar la solución de los problemas.

         Por tanto, partamos de que el ocio es algo importante y, en cierta medida, el baremo de nuestra felicidad. Destinar un tiempo a pensar en lo que me hace disfrutar significa que nos valoramos a nosotros mismos y nos creemos merecedores de esa alegría que dota de equilibrio a nuestra vida.

         Lo conveniente es dar con las cosas que me hacen decir: “qué día más maravilloso he pasado” o “qué momento más inolvidable”, o “quién me iba a decir a mí que esto me iba a gustar tanto”. Pon en marcha tu imaginación, volvamos un poco a la infancia, y mezclemos estas sensaciones con esas cosas que siempre hemos soñado hacer. O esas otras que alguna vez nos han tentado.

         Miremos hacia dentro, investiguemos: no es fácil saber qué es lo que realmente nos gusta hacer. Tenemos muchas anclas, demasiadas costumbres. Reflexionemos abiertamente sobre ello. Cuando lo averigüemos, no dudemos. Si mantenemos una cierta ética, no debe haber barreras.

        En fin, seamos libres y porque no un poco temerarios, al fin de cuentas, parece que sin riesgos no hay vida.

Franklin González.

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