En cada rinconcito mío: Venezuela

    Anoche soñé con mi mamá, en Venezuela.

    Anoche soñé con mi hermana y mi sobrino, en México.

    Anoche soñé con mi hermano, en Barcelona.

    Anoche soñé con mis primos, en Chile, USA, China e Italia.

    Anoche soñé con mis mejores amigas, en Argentina, USA, Francia y México.

    Anoche soñé con muchos otros amigos, dispersados por el mundo.

    Anoche soñé con mi papá, en todos lados y cada rinconcito mío.

    Anoche soñé que estábamos todos en un mismo sitio, celebrando un último baile, una última comida, un último abrazo y una última mirada.

    En mi sueño, sabía que no era la última vez que los vería, literalmente hablando. Quizás nos volveríamos a cruzar en nuestro paso fugaz por la vida. Pero sí sabía que sería una última vez “todos juntos”.

    En mi sueño ya no existiría la trivialidad con la que solíamos decir «dale pues, nos vemos en estos días» ó «chévere, vamos hablando pa´ cuadrar el viaje a la Gran Sabana». Nuestras distancias se volvieron de horas en coche a horas en avión. De unos cuantos bolívares de gastos en transporte a 1000 dólares de billete de avión. De momentos espontáneos, a meses de ahorro y planificación.

   Soñé con mi pasado. Y allí, “mi hogar” estaba intrínsecamente ligado a toda una cultura, un contexto de gentes, historias, expectativas, etc. Cosa que no es fácilmente reemplazable.

    ¿Cómo construyes un “hogar”, tradicionalmente hablando, en otro país?

    Depende de muchos factores: cómo te fuiste, porqué te fuiste, con quién vives, en qué condiciones estás, qué haces, etc. Algunos de nosotros nos integramos más rápido que otros. Hacemos amigos, adoptamos acentos e idiomas, intercambiamos culturas, asimilamos el lugar y la gente con la que convivimos. Incluso a veces, nos encontramos celebrando las tradiciones del nuevo país.

    Algunos de nosotros, de esta manera, intentamos dar un sentido de continuidad a nuestra vida sin ese “antes y después”. Porque todos, al mudarnos al extranjero, inconscientemente comenzamos con esa búsqueda de conexión natural, de códigos similares a nuestro país de origen y cosas que anclen nuestra identidad. Intentamos reconstruir nuestro “hogar” en el nuevo sitio.

    Tarde o temprano nos damos cuenta que no funciona así, que una parte de nuestra esencia quedó atrás y que otra parte de una nueva esencia nunca comprenderemos. Vuelves a tu país y ya no te sientes de allí —y menos en las condiciones actuales. Estás aquí pero tampoco eres de aquí.

   No me malentendáis. Esto no es necesariamente malo. Tiene sus aprendizajes y elementos bonitos y complejos en sí mismo. Además, tampoco somos tan especiales. La experiencia migratoria es algo general.

    Pero los venezolanos vivimos en un espejismo. Vivimos con recuerdos de una Venezuela que para muchos ya es irreconocible en aspectos muy significantes. De cierta manera, nuestra infancia ha sido destruida. Vivimos en la nostalgia de lo que fue ese sitio. No podemos volver y visitar nuestro país para llenarnos de esa familiaridad con la que crecimos. Para nosotros ese lugar ya no existe físicamente. Ese lugar solo ha quedado en nuestros recuerdos.

    Nuestra migración en masa no ha sido por elección propia, lo cual lleva a una profunda frustración. Los venezolanos que migramos llevamos un foco de dolor compartido y los que se quedan incluso más, porque viven, estando allí, la experiencia de una desconstrucción de la realidad que solíamos conocer.

   Para aliviar el dolor, intentamos recordar y compartir como era el país donde crecimos. Vivimos en un pasado y en una fantasía e imagen recordada de lo que era Venezuela. A veces este recuerdo es incluso distorsionado, pero son maniobras y estrategias para aliviar esa carga pesada que llevamos dentro. No somos el único país del mundo que ha vivido esta experiencia y más de uno se podrá identificar.

    18 años nos tomó para convertirnos en un país de emigrantes. Y en cada rinconcito del mundo habrá alguien como yo, que comparte el mismo sueño: todos juntos en un mismo sitio. ¿Cómo sería?.

    Cuando alguien me pregunta ¿de dónde eres?, la primera respuesta es y siempre será: Venezuela. Aunque ni yo misma sepa donde está. Y aunque solo exista en mi imaginación.

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