Casi no vengo

Era una de esas madrugadas frescas de Montserrat, cuando a las 4 de la mañana suena el despertador y me levanto con la emoción de un viaje que estuvo a punto de no concretarse para mí.

Siendo de Venezuela, ¿cómo te olvidas de revisar si necesitas visado para entrar a un país? Hace 4 meses los venezolanos no necesitaban visa para entrar a Marruecos y el exceso de confianza hizo el resto.

Adri voló a Marruecos. Yo me quedé en el aeropuerto, como niño sin caramelo. Un planteamiento incierto y una carta bajo la manga de Nuri, nos llevó al consulado, que, en resumidas cuentas, después de 6 horas, jurando por Alá y por la ayuda al pueblo marroquí en Barcelona, se resignaron a darme una visa —que normalmente toma dos semanas— en el mismo día, siendo yo: “Una escaladora de élite venezolana, invitada especial por el grupo excursionista de Vic”.

Volé a Marruecos y una vez más el príncipe y la princesa se quedan sin volar juntos, pero el destino fue el mismo y esta vez, la incertidumbre se convirtió en certeza.

El recibimiento de bienvenida fue estruendoso y alborotado. Taxis regateando, gente gritando, vueltas por la Medina sin saber si nos timaban, nos jodían o ambas. Eres un euro con piernas y prueban suerte, a veces más por costumbre que por necesidad.

Después del agite y de un largo viaje en minibús, más dos horas de caminata, llegamos al corazón de Taghia.

Taghia

Situado a 250Km de Marrakech, Taghia es un pueblo en un valle a 2000m de altura. Recorrido por un río que escarba sus cañones, quedan al descubierto paredes de caliza de hasta casi 1000m. Así se esculpen metros y metros de escalada de regletas perfectas y un mundo de posibilidades dejadas a la imaginación de cada persona que se adentra en ese mar de piedras, abriendo vías y siguiendo los pasos más estéticos sobre roca perfecta en un paraje de sinigual belleza.

La Vida

Te adaptas a todo. Me gusta la simplicidad del día a día. No me canso del Tajin, del pan a veces duro del día anterior, ni del té con más azúcar que hierbas. Algunos miran a través de los ojos de quienes viven allí y aprovechan para adaptarse y sacarse esa cascara de necesidades del primer mundo para volverte más salvaje, más simple, más básico y hacer brotar instintos animales adormitados. Otros, prefieren mirar a través de los ojos del país de origen y vivir la experiencia desde la comodidad de costumbre. Recomiendo lo primero.

La gente es amable, dan lo que tienen y te ofrecen un poco más. Los occidentales creemos que lo tenemos todo y hay quienes ven a poblaciones como el Taghia con ojos de “pobrecitos”. Yo creo que ellos tienen mucho que enseñarnos.

Una chica maravillosa, Hayat, de unos 20 años, que hace de todo y se encarga de toda nuestra atención, siempre con una sonrisa. No sé cómo lo hace, es época de Ramadán y no me imagino no comer durante todo el día. Nuri le decía que viniera a España. Ella respondía que no, con cara de “estas loca”. La religión es sagrada en un sitio como Taghia y viajar no es un planteamiento posible para las mujeres. Se sigue viendo una superioridad del hombre hacia la mujer. Los chicos salen de casa y tienen una proyección en el ámbito público, pero las chicas solo en el doméstico. Espero que cambie.

La escalada

No sabes qué extraña fuerza te empuja a escalar, a ir al Taghia, encontrarte con esas paredes y querer subirlas no más verlas.

En realidad, soy de esas personas que necesita un tiempo largo de adaptación cuando voy a escalar a un sitio nuevo. Mi ritmo suele ser más lento que el resto de los escaladores con quienes normalmente voy. Aun así, escale mucho, pero se me hizo corto. Siempre se me hace corto.

La escalada es estética, donde predomina la regleta y gota de agua. Muchas vías no están abiertas por la debilidad de la roca, sino más bien buscando la dificultad y carácter deportivo. Te obliga a escalar bonito y concentrado, con paisajes esbeltos y grandes que te hacen sentir chiquitico.

La gran hazaña fue escalar la Rivieres Pourpres. 500 metros de escalada donde 350 metros rozan mi máxima dificultad. No lo tenía claro. Me decidí con la motivación de Iker y Neus, el ánimo de Arnaud: “yo no me iría sin intentarlo, lo peor que puede pasar es que te bajes”, y como no, con la confianza de quien más confías, Adri, que es de esa gente que te anima y te ve capaz de hacer de todo.

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El regreso

Fueron dos semanas hermosas. En ese entorno fundamentalmente recóndito que te arrebata la mandíbula, con las risas de nuestros compañeros variopintos que llenan el espacio, con escaladas que te hacen querer volar cada vez más alto, con los cabellos desordenados y la alergia que no paraba por ningún lado, este viaje lo recordaré bonito, con tonalidades naranjas, cascadas de sonrisas y con la adrenalina de un “casi no vengo”.

P.D: Adri y yo regresamos juntos, por primera vez y en el mismo avión, a casa. 😉

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