Camino adentro

Hace unas semanas, preparando el material para escalar en Montserrat, presenciamos un choque de una moto a toda velocidad contra un coche. El accidente pasó al lado nuestro. El chico quedo inconsciente, mi amigo fue a auxiliarlo, me tocó llamar a emergencia —suerte que estamos en España. Un helicóptero llego 10min después. Estuvieron mucho rato con él, intentado estabilizarlo, hasta que por fin se lo llevaron. No pintaba bien.

Una semana después estuve en Ordesa. Un sitio en España famoso por su majestuosidad, sus grandes paredes y como no, por su escalada comprometida. No podía quitarme el accidente de mi cabeza, pero a veces se me da bien ignorarme.

Cuando escalo en sitios así, que me ponen la barriga tensa los primeros dos largos, que me hacen respirar profundo en cada reunión para relajarme, que me hacen abrir los ojos con la atención de un gato, que me hacen usar todos mis sentidos, y cuando escalo con una reciente mala experiencia, siempre me pregunto: ¿Qué hago aquí? ¿por qué escalo? ¿Cómo es que algunos buscamos meternos en esas situaciones? Sea escalada, ir en moto, salto base, esquí, etc. ¿Por qué?

Podría escalar mil vías más y aun no saber por qué lo hago. También creo que es inútil preguntárselo mucho. Siendo básicos, lo hacemos porque nos gusta y nos satisface, y a veces, eso es más que suficiente. Pero estas dos experiencias seguidas —el accidente en moto y Ordesa— me motivaron a hacer un poco de investigación.

Cuando acaba el invierno, calienta un poco el aire y el día se hace largo, mis pensamientos viajan a las grandes paredes, al despertarme pronto, al camino de aproximación, a mirar la reseña una y otra vez, al plátano/cambur que me como antes de comenzar, a los caramelos que me acompañan en la magnesera, a los nervios y el espíritu ansioso en víspera de las aventuras por venir.

Con sus dosis de dolor, sufrimiento y miedo, las razones por las que la gente escala parecen un enigma, incluso para nosotros mismos escaladores. Para los que no lo hacen, la escalada parece peligrosa, loca y obsesiva. No los culpo. Hay evidencia: la casa llena de guías de escalada, posters, cuadros de montañas, fotos escalando en vez de familiares, cronómetro, la barra de dominadas, etc. Por las noches solo un whatsapp: ¿puedes escalar mañana? Tres pequeñas palabras con el poder de romper el compromiso de limpiar el baño el domingo.

¿Qué es la escalada y por qué la gente lo hace? ¿Es un deporte o un “estilo de vida”? ¿Es un hobby frívolo o una búsqueda significativa? ¿Es una disciplina saludable para el cuerpo y la mente o es una adicción sin sentido y egoísta?

Incluso más desconcertante—¿por qué para algunos la escalada se vuelve una aventura de por vida mientras otros se comen la cabeza pensando cómo alguien está tan loco como para subir una pared?

¿La escalada se puede volver algo más? En este mundo secular ¿puede la escalada aumentar nuestro nivel de camino espiritual? ¿Una disciplina física y mental que eleve lo mundano a lo trascendental?

Sería muy inocente pensar que hay sólo una respuesta para la pregunta: ¿por qué escalamos? La más básica y por la que personalmente me inclino —en mi práctica por simplificar las cosas—es porque me gusta y es divertido.

Pero hay más que eso. Algunos datos que encontré en varios artículos:

  • Estudios sugieren que tomar riesgos es algo inherente en nuestro cerebro y está ligado a la iniciación de mecanismos de placer. En este sentido, tomar riesgos es una adicción que puede afectar a 1 de 5 personas. Creen que la genética define si una persona es más arriesgada que otra. Parece que hay un link claro entre tomar riesgos y la adrenalina, dopamina y endorfina experimentada por los participantes en estos deportes.
  • Otros científicos piensan que la sociedad nos hace más arriesgados. En una era de extrema seguridad, leyes, normas, regulaciones, cinturones, radares, etc., el sentido de supervivencia o de la vida se ha disminuido y algunos científicos están intentando entender la “paradoja del riesgo”: mientras más segura es nuestra vida, más riesgos tomamos.
  • Finalmente, algunos científicos creen que existe un elemento cultural en las decisiones de la gente que toma riesgos. Aprender la cultura del deporte, la jerga, códigos éticos y de conducta, estándares de excelencia, son factores de refuerzos poderosos y te hacen sentir seguro y parte de una tribu. La cultura puede llevar a personas a tomar más riesgos porque sus amigos también lo hacen.

La famosa respuesta de Mallory a la pregunta, ¿por qué subes montañas?: «porque están allí», refleja lo difícil de explicar a alguien que no escala, los misterios que cautivan la imaginación de una persona a subir montañas.

Como las montañas, torres, mesetas, picos etc., son lugares inaccesibles, plantean intriga y dan rienda suelta a la imaginación. De alguna manera en la tierra, pero a la vez separados, las montañas forman un puente entra lo terrenal y lo desconocido. Explorarlas requiere abandonar voluntariamente la comodidad, la seguridad, y el apoyo de la civilización —porque como diría mi abuela «¿Qué haces allí encaramada?, ganas de buscar peligro». En este sentido, subir montañas simbolizan renuncia, crecimiento espiritual y transcendencia, ofreciendo una ojeada a una realeza pura e insostenible por la ambigüedad del ser humano.

Si somos honestos, no solo escalamos porque las montañas están allí, sino también porque nosotros estamos aquí. La escalada proporciona un espejo que nos ayuda a conocernos a nosotros mismos, el cual parece ser el propósito fundamental de toda la existencia. Si fallas, la vida puede parecer vacía de todo sentido y significado —para algunos.

Llegar a una cumbre requiere enfrentar el reflejo que nos encontramos en ese espejo y trabajar con todos nuestros miedos. Subir montañas proporciona una manera de mirarnos a nosotros mismos más claramente, una manera de dar un primer paso al crecimiento personal siendo la escalada un constructor de carácter y personalidad. Esto suena muy profundo, muy cursi y hasta gracioso —por eso no escribo mucho sobre las emociones en la escalada— pero hay que admitir que una parte de nosotros lo experimenta.

Una vez vivir así, nada más parece satisfacer el espíritu. Hay algo fresco en ese estilo de vida primitivo del ser humano. Levantarse con el amanecer y mirar la primera luz del día, tomar agua del río, desayunar, preparar el material con el sonido de los animales: es una vida limpia y sin cargas, pero llena de riesgos y expectativas.

En contraste, la humanidad hoy en día enfrenta una era de crisis social, ambiental y espiritual. Hemos disminuido nuestro salvajismo primario y ambiguamente buscamos refugio de una jungla de concreto construida por nosotros mismos. Una jungla más inquietante y seguramente más peligrosa. Es posible que parte de nuestra ansiedad hoy en día es esa falta de sentir nuestro hogar original, aquel mundo instintivo y natural donde evolucionamos. Estamos exiliados de nuestra esencia, entre carreteras y centros comerciales, internet y videojuegos.

En un mundo donde se encojen las opciones naturales y las oportunidades de crecimiento personal y de silencio, las actividades y habilidades que nos puedan devolver a los elementos básicos parecen vitales. En una cultura cada vez más preocupada con el mundo virtual, las experiencias que nos reúnen con el viento, la roca, el hielo y la nieve, nos proporciona un baño de agua fría y escarmiento de vuelta a la realidad y a lo que realmente somos.

Pero, aparte de la evidente bioquímica que se genera, hay algo más en la escalada y en los deportes de riesgo que nos atrae. Algo que algunos psicólogos llaman el estado de “fluir”. Un nivel óptimo de consciencia que representa la mente humana en su máximo de actuación. Un estado de gracia pura, donde el tiempo, el espacio, gravedad y miedo, parecen irse y flotamos mágicamente por pasajes de roca y hielo. Algunos másteres Zen lo llaman “la zona”, otros “iluminación” y otros el “aquí y ahora”. Esos momentos son preciosos y raros, pero están allí. Algunos solo necesitan de unas horas de meditación y no les hace falta ni la adrenalina, dopamina, etc., que viene incluida en la dosis de escalada. Otros no sabemos por qué necesitamos el combo completo. Necesitamos un interruptor más potente para entrar allí.

Las montañas demandan todo lo que podemos dar, y piden más. La cumbre siempre está más alta, más lejos, larga e inclinada de lo que nos imaginamos. Pero de recompensa ellas guardan una perla que no tiene precio: una medida de la determinación, iniciativa, habilidades, vitalidad y consciencia pura que poseemos y que conseguimos en ese estado de meditación.

Es así como la escalada se apodera de nosotros. Así las montañas se vuelven nuestro pan de cada día. Supongo que es lo que algunos definen como “un estilo de vida” —esa expresión no deja de sonarme demasiado cliché. Pero al final siempre llego a la misma conclusión: diseccionar la escalada para encontrar su significado, es una tarea de tontos. Cuando nos preguntan ¿Por qué escalas?, nos encogemos de hombros, cogemos la mochila y nos vamos a escalar, sin más.

No hace falta análisis sobre lo que uno instintivamente sabe que es esencial para nosotros.

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