Mundial de escritura – Día 1: De espejos y otros reflejos

Este año me apunté al Mundial de Escritura, un juego para estimular el hábito de la escritura. Es un juego en equipo pero que los textos se escriben individualmente.

Durante dos semanas, cada día recibimos una consigna/disparador de un escritor diferente. Con eso debemos escribir un texto de mínimo 3000 caracteres. Somos hasta 8000 participantes de hasta 37 países diferentes. El primer Mundial se hizo en marzo, y surgió a raíz del Covid-19. Sus organizadores son argentinos pero colabora gente de otros países. Es gratis pero puedes donar lo que te parezca. Al final hay mucha gente trabajando detrás de esto.

Este es el segundo mundial y aquí me metí yo para chafardear y ver como es la cosa. De momento me parece super interesante. Con mi equipo me motivo y es una manera de no parar de escribir, disciplina fundamental si lo que se quiere es mejorar.

Llevamos apenas dos días. Iré publicando todos los textos diarios. Hay que pensar que se tiene solo 24 horas para escribir el texto, con lo cual no da tiempo para revisarlo ni editarlo. Vamos allá:

Consigna del día 1: El primer ejercicio del tercer Mundial lo propone el músico argentino Santiago Motorizado: una persona llega a un cumpleaños o celebración importante en un lugar grande y con mesas numeradas. Cuando se sienta, descubre que hay algo muy particular que lo une a sus compañeros de mesa.

Mi texto:

De espejos y otros reflejos

Entré al gran salón y miré a mi alrededor. Había llegado tarde, como siempre. Después de haber roto mi compromiso de matrimonio, ningún otro me atormentaba. Las mesas redondas llenaban la sala. La imagen era familiar: Gente alegre luciendo sus mejores galas, una banda de música, una mesa de frutas, otra de quesos y camareros recorriendo las mesas haciendo equilibrios con platos llenos de pasapalos y copas de champagne. Una semana faltó para que yo fuese la novia. Ahora era una simple invitada. 

Caminé alrededor de las mesas buscando el número que me asignaron. Lo ví de lejos y fui a sentarme. Había cuatro mujeres. No conocía a ninguna. Ellas parecía que no conocían a nadie tampoco. Saludé, me presenté y me senté. Un camarero me sirvió una copa de vino que me la tomé de un trago. Me miraron con curiosidad. Las miré con curiosidad. 

De repente, todas comenzamos a hablar al mismo tiempo. Nos reímos. Una de ellas pidió disculpas, bebió un trago de vino y comenzó a contar su historia. Era igual que la mía, con sus matices: su pareja la había dejado unos días antes de su boda. Se fue con otra. A la mujer sentada al lado mío se le escapa una lágrima. “¿Qué te pasa?” pregunté. “Es que a mi me han dejado plantada en el altar” respondió. “A mi también”, “a mi también”, responden todas al unísono. 

Me pregunté qué estaba pasando. Ellas no parecían tan sorprendidas de haber coincidido con la misma historia en la misma mesa. Una de ellas se levantó y se fue a bailar con una copa de vino en la mano. La mujer a mi lado no paraba de llorar. Otra de ellas consiguió un acompañante durante la noche y no se lo pensó dos veces para liarse con él y distraer su dolor. La chica que tenía enfrente no paraba de beber. Hablaba borracha y maldecía cada pequeño detalle de su pareja. 

Saqué de mi cartera el pequeño cuaderno que me acompañaba cada día. Comencé a escribir casi hipnotizada. La idea de que cinco mujeres abandonadas por sus parejas días antes de casarse, se encontraran en una fiesta de matrimonio, me parecía tanto irónico como sorprendente. Era una idea exclusiva para un cuento o una novela. “Si tan solo acabara alguno” pensé. 

Seguí con el vino mientras veía cómo se comportaba cada una de ellas. Escribí cada detalle, cada mueca, cada movimiento, cada gesto, cada acción de esas mujeres despechadas de amor. Al pasar de las horas veía como entre ellas se iban intercambiando los papeles. La que lloraba salió a bailar. La que bailaba se lió con un chico. La que se lió no paraba de beber. La que bebía se sentó a llorar. Yo escribía. 

El salón poco a poco se comenzó a vaciar. Lo que empezó con unas mesas redondas perfectamente decoradas, una banda organizada, una tabla de frutas y quesos, parecía ahora un campo de batalla. Los peinados de las mujeres se deshacían mientras los hombres llevaban las camisas por fuera sin soltar el vaso de whiskey.  

Perdí de vista a mis compañeras de mesa. “¿Marcharon todas al mismo tiempo?” me pregunté extrañada. Miré con detalle la mesa donde estaba sentada. Todas las sillas estaban perfectamente en su sitio. Los platos, las copas, los cubiertos, las servilletas de tela. Nada se había movido de su lugar. Estaba sola. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Se me nubló la mirada. “El vino”, pensé. 

Me levanté la mañana siguiente con un dolor de cabeza insoportable. 

—¿Cómo fue la fiesta?— preguntó mi madre. —¿Que hiciste?

—Me emborraché, me lie con uno, bailé, lloré y escribí. 

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