Día 5. De sorpresas y otras vergüenzas

Consigna del día 5: explorar el sentimiento del ridículo en el ejercicio de escritura de hoy. ¿En qué momentos nos sentimos profundamente inadecuados?

Esta historia realmente pasó. La exageré para intentar lograr mejor ese sentimiento de ridículo y vergüenza.

Aquí va:

Llevaba ya 3 años viviendo en Caracas, la capital. Estudiaba en una de las mejores universidades del país y no tenía coche. Era la hora. Todos tenían uno menos yo —y otro montón de gente. 

    Un fin de semana al mes visitaba a mis padres. Viajaba en autobús. Siempre me sentaba en la ventana para ver la carretera boscosa de plantas frondosas con verdes de todas las tonalidades posibles que oscurecían en la profundidad. Pero lo que más me gustaba de esa carretera era imaginarme que iba yo con mi coche, conduciendo con un vaso de café en el portavaso y mi música preferida a todo volumen. Pronto sería así. 

     Era navidad, época de regalos, celebraciones, agradecimientos. En mi casa ya se hablaba del tema, en cada reunión, en cada comida, en cada fiesta, salía el tema: Yo necesitaba un coche y me lo merecía. Además mi hermana también vivía en Caracas y lo podríamos compartir. Con cada grupo de amigos, familiares, conocidos, yo exponía las razones por las cuales yo necesitaba tener un coche en Caracas. La universidad donde estudiaba quedaba a las afueras, era una hacienda antigua donde se producía café. El único transporte que llegaba allí era el privado de la universidad y nunca era puntual. Así que si era para estudiar, llegar a tiempo a clases y facilitar el éxito, las tenía todas conmigo. 

    Mi papá se lo pensaba, no decía nada, afirmaba todo lo que decía. “Bueno hijita, vamos a ver, quizás te llevas una sorpresa estas navidades” dijo una tarde. Mi madre sonreía. Me emocioné. “¿Será que me lo van a regalar estas navidades?” me pregunté. Mi papá era una persona muy satírica, irónica, burlona. Si me dijo que quizás me llevaría una sorpresa con un tono serio será porque lo estaba pensando de verdad. Si no eran esas navidades, sería pronto. 

   No voy a mentir. Mis imágenes se paseaban sin control: volviendo de las navidades con un coche nuevo a Caracas, sintiéndome de repente más grande, mayor, responsable. Cómo si un coche me hiciera otra persona más respetable, más guapa, de otro nivel. Ahora lo pienso y me invade la vergüenza de haberme sentido así. 

   El 31 de diciembre, como cada año, fuimos a casa de mi abuela. Toda la familia por parte de mi madre nos reuníamos allí cada diciembre para pasar el fin de año. Yo estaba más emocionada de lo normal. Mis expectativas de que me regalarían el coche habían crecido cada día que hablábamos de eso. Mis padres actuaban misteriosos, con complicidad, sonreían y cruzaban miradas. A veces dudaba pensando que era una broma de mal gusto. No sería la primera vez. Pero no podía ser. No cuando ellos veían mi profunda felicidad al pensar en tener un coche. 

   Todos los 31 de diciembre hacíamos un intercambio de regalos. Yo estaba ansiosa mientras repartíamos regalos entre abrazos y fotos. El mío lo dejaron para el final. 

—¡Bueno bueno, ahora aquí tenemos el regalo de Sasha!— dijo mi madre mientras me entregaba una cajita. —¿Qué será qué será?— repetía mientras veía a mi papá con picardía. 

    Todos estaban expectantes, esperando que lo abriera para ver las llaves de mi coche nuevo. Abrí la caja lentamente. La comisura de mis labios desdibujaron la sonrisa que llevaba mi cara. Mi rostro se ruborizó mientras todos se comenzaban a reír. Dentro de la caja había un coche de juguete pequeño. Ese era mi regalo. Un coche de juguete pequeño. 

    Todos reían y yo intentaba reírme también, no sé si de mis expectativas sin sentido o de la broma de mis padres o para tapar el ridículo. Por dentro pensaba que era una broma cruel, me sentía enfadada, estafada. Sentí que jugaron con mis sentimientos. Pero no mostré nada de eso. Reía con los demás y le quitaba importancia a mis emociones, mientras me daba latigazos en la espalda por haber tenido la más mínima ilusión de que mis padres me regalarían un coche para llevarlo a Caracas. Siempre estuvieron en contra de eso, no lo veían una necesidad y menos en Caracas donde te podían matar o secuestrar para quitarte un coche. 

    Durante el resto de la noche no pude quitarme esa sensación de torpeza, de pequeñez, de ingenua. Me avergonzaba cuando durante el resto de la noche todos se burlaban de mí, mientras yo actuaba como si ya sabía que no sería un coche de verdad. Por dentro me moría de lo tonta que fui. Lo recuerdo y aún me ruborizo. 

   Pasaron los años y nunca tuve un coche mientras viví en Caracas. Ahora agradezco no haber tenido esa responsabilidad y ese peligro en una ciudad tan amenazante, intensa y furiosa. No me hizo falta. Me gradué, estudié, nunca llegué tarde a clase —mentira, alguna vez sí pero no era culpa del bus— y mi primer coche lo tuve en España, donde tuve que aprender a conducir de manera civilizada… pero esa es otra historia.

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