Día 8. Una asustadiza sin remedio

El día 7 fue domingo no tocaba escribir.

Consigna del día 8: imaginen que un personaje o grupo de personas escuchan a la noche un ruido de naturaleza irreconocible y que al parecer proviene de la casa o departamento contiguo. Escriban un texto sobre qué pasa a continuación: ¿Qué creen estas personas que está sucediendo? ¿Cómo reaccionan? ¿Cómo van a descubrir el origen del ruido?

Para esta consigna utilicé una anécdota que me pasó en mi casa hace muchos años. Luego desvaría mucho de lo que realmente sucedió, pero me sirvió como disparador. Honestamente no me gustó el texto. Evocar un miedo real en el lector lo encuentro dificilísimo. Además, como había que escribir cada día, había algunos días que no estaba nada inspirada.

Aquí lo dejo:

Mis padres habían salido a una reunión y como muchos otros días, me quedé sola en casa. Después de 10 años ya me había acostumbrado a esa casa enorme de dos plantas, 5 habitaciones y un sin fin de recovecos.

A pesar de la delincuencia ya me sentía segura allí. Cómo no hacerlo, si al pasar de los años la casa pasó de tener un jardín abierto a la calle a convertirse en una especie de bunker. Se levantaron los cuatro muros que la rodeaban, en la parte más alta de los muros se instaló un alambrado especial y la casa contaba con un sistema de alarma.

Estaba en la habitación de mis padres viendo televisión cuando escuché un ruido metálico. Giré los ojos hacia la puerta de la habitación extrañada, agudizando el oído para ver si lo volvía a escuchar. Nada, todo bien. Seguí pasando canales buscando algo interesante que ver. Me olvidé del ruido cuando de repente lo volví a escuchar, esta vez más fuerte. Mi corazón comenzó a palpitar con fuerza. Le bajé volumen a la tele y caminé en silencio a cerrar la puerta de la habitación con llave. Mientras lo hacía pensaba que no tenía sentido tener una puerta de seguridad en la habitación si en las ventanas estaban forradas con rejas y no había manera de salir de allí. Cerré con llave.

El ruido metálico me hacía pensar en unas cadenas que se arrastraban sobre otro metal. “¿La puerta que da al alero?” me pregunté. Fui a agarrar el teléfono para llamar a mi mamá cuando me di cuenta que lo había dejado afuera de la habitación. “¿Qué hago? ¿Qué hago?” me preguntaba sin parar mientras mi respiración se iba aceleraba sin parar.

Respiré profundo. Me decía a mí misma que seguro era una tontería como siempre. A pesar de no creer en espíritus, fantasmas ni entes fuera de la terrenal, era una asustadiza sin remedio, así que sabía que muy probablemente, mi mente me estaba jugando una mala pasada con algo tan trivial como el viento moviendo unas hojas.

El ruido cesó. Decidí abrir la puerta, bajar las escaleras y ver que me encontraba, no sin antes agarrar el bate de béisbol de mi hermano. Bajé pegada a la pared con el bate levantado, como en las películas de terror. Mi corazón se me salía y casi da un vuelco cuando al llegar abajo veo que la puerta corredera de metal que da al alero estaba abierta. ¿Cómo era posible si mis padres salieron y me dijeron que estaba todo cerrado? ¿Se les habría olvidado? Era improbable pero tendría que llamarlos. Volví a escuchar el ruido metálico. El sonido me llevaba hacia afuera pero yo no quería salir.

Agarré el teléfono, subí a la habitación con paso rápido, mirando hacia adelante y atrás sin parar. Entré, cerré la puerta con llave y marqué el móvil de mi mamá. Salió la contestadora. “Clásico de un libro de suspenso”, pensé. Me asomé por la ventana intentando ver si el ruido venía de allí. Para mi espanto, el portón estaba medio abierto.

El teléfono sonó haciéndome salir de mi susto con otro. Era mi mamá. Le conté lo que estaba pasando esperando un sobresalto de su parte. Para mi sorpresa, no le dio importancia. “Seguro tu papá se le olvidó cerrar.. Te dejo hija que estoy aquí reunida”, y me colgó. Pero el ruido seguía allí mientras que cada vez que yo me asomaba por la ventana no veía nada que lo pudiera producir. Sonó el teléfono otra vez. Era mi papá. “Hija si fui yo que deje eso abierto, es que salí rápido y ya sabes como es, se me olvidó”.

Ya eso no me preocupaba. El ruido no paraba de sonar así que decidí salir a la calle a cerrar el portón y ver si veía algo que me diera alguna pista. Seguía nerviosa pero por lo menos ya sabía que no era un extraño quien abrió las puertas. Caminé hasta el portón para cerrarlo. Al moverlo escuché un maullido. Giré en esa dirección y vi algo peludo moviéndose debajo del portón. Me acerqué y me agaché. Era un gatito. Tenía un collar metálico y se le había quedado enganchado uno de los barrotes del portón. Al moverse, con el roce rascaba la chapa salía el ruido metálico.

Una tontería como siempre. Una asustadiza sin remedio. Saqué al gatito y entré a casa con él. Le quité la cadena que llevaba y busqué una lata de atún para que comiera un poco. Subí las escaleras a la habitación, me acosté en la cama, encendí la tele y me relajé. Casi lo logro si no fuera porque el ruido metálico volvió a aparecer.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s