Día 9. Una moneda que gira

Consigna del día 9: crear un texto a partir de una frase.

Nos daban tres opciones, entre las cuales escogí: “¿Hace cuánto que no luchas?”. Este es uno de los textos que más me gustó. Es intenso pero me gustó porque logré una voz, un estilo que estoy encontrado y que me salió de manera natural al escribir este cuento.

Aquí va:

Hemos pasado tanto tiempo juntos. Lo veo como duerme como un niño, ocupando toda la cama; como vive en el presente ignorando lo menos importante. Todo con esa sonrisa transparente que recibe a cualquiera con su calidez; todo con esa mirada brillante que me atrae como un imán. Si él se levanta primero, prepara un café fuerte y yo me lo tomo con leche. Si yo me levanto primero, hago guarapo y él se lo toma agradecido. Ya se adaptó a mis costumbres. Yo me habitué a las de él. Nuestros orígenes están separados por un océano. Ahora nuestras vidas también.

Nunca pensé que tendría el deseo insoportable de que mi vida se congelara en un álbum de fotos del pasado: preparando el coche para salir de viaje, cocinando juntos mientras hablamos con una cerveza en la mano, en la cima de una montaña, sentados comiendo en el campo, en el sofá viendo una serie de Netflix. Yo le solía decir: “No perdamos esa mirada”. La perdimos. El pasado me aprieta. Adrián me mira y me saca de mis pensamientos: “María, dame tiempo”.

Mis pelos alborotados, la nevera vacía, la cama deshecha, las ojeras en mis ojos. Todo refleja miedo. Paso los días sin saber si vale la pena esperar. Todos dicen que él no está bien, que él necesita terapia, que le dé tiempo, que vamos a ayudarlo. Nadie me dice lo que yo necesito. “¿Esperar? ¿Luchar? ¿Hace cuánto que no luchas?” me pregunto. Años. No me gusta la palabra luchar. Estoy agotada, exhausta. Quiero que todo esto acabe ya.

Bajo las escaleras. Miro toda la casa desde fuera con sus verdes, con sus flores y sus frutales. Miro los proyectos que se construyeron en mi imaginación. El espacio que reformamos para alquilar como un refugio de escalada, la casita de madera que construí como mi estudio porque el de arriba sería reformado para la habitación del bebé. Una sonrisa irónica se dibuja en mis labios. Que ilusa. Una vitrina crece entre esa casa y yo. Ya no la puedo tocar. Es un deseo que no puedo comprar.

Intento ser coherente. Sé que no me quiere hacer daño. Intento entender todo mientras pasan los días llenos de ansiedad. Separo mi emoción de la situación. Intento relativizar los hechos y me calmo. Se gira la moneda. Ya no entiendo nada. Subo, preparo las maletas, agarro las fotos familiares y decido irme. Se gira la moneda. Vuelvo a entender, vuelvo a tener paciencia. Si tan solo fuera verdadera. Todos aquellos con una alma impaciente siempre tendremos el corazón inquieto.

Lo abrazo, lo beso, lo busco y no lo encuentro. Está muy mal para hacer nada. Yo estoy muy mal para entenderlo. Se gira la moneda. Las maletas están dentro del coche. Volteo, miro la casa vestida de lluvia pero es un día soleado. Doy un par de vueltas a la manzana y regreso. Lo veo afuera de la casa, como esperándome. Me mira con palabras que no puede alcanzar. Leo en sus ojos vidriosos lo que me quiere decir. Dicen que cuando tocas fondo lo único que queda es comenzar a subir. Dicen muchas cosas que no son ciertas. Se gira la moneda. Esta vez, para siempre.

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