Navidades en tierras extranjeras

María era una mujer de Maturín, a quien conocí cuando era niña. Su nombre está atado a su felicidad, a su mala suerte y a su cumpleaños también. Nació el 25 de diciembre, su nombre viene de la virgen María.

En aquellos tiempos de antier, Venezuela era un país diferente. Quien te traía los regalos no era Santa Claus, si no El Niño Jesús. Se ponía un arbolito y un nacimiento. Se escuchaban gaitas, aguinaldos, la Billo’s Caracas Boys, cada año, en cada casa y en cada estación de radio. Las navidades comenzaban en noviembre y terminaban en febrero. Las familias y amigos se visitaban para probar las hallacas, pan de jamón, ron y ponche crema de cada uno. Los cohetes (petardos) no paraban de sonar hasta carnaval.

La celebración popular venezolana de las fiestas de fin de año poco tenía que ver con las extranjeras. En Venezuela la navidad era una parranda, se sentía, se vivía. Había una sensación de que pasarlo bien y aprovechar el ambiente festivo, era casi una devoción. Eso sí, en familia, la de sangre, la que adoptamos, los amigos, todos juntos, siempre juntos.

En algunas ocasiones, los niños realizaban nacimientos vivientes en la calle donde vivía María y ella por supuesto representaba a la virgen María. Las representaciones eran recibidas con aplausos y risas de los niños jugando con las estrellitas, cohete, traki traki y otros inventos. María, como todo venezolano, creció amando las navidades.

Al pasar el tiempo, María creció y abrió una tienda de navidad. Allí toda la gente del pueblo compraba todo lo relacionado a esa mágica época del año. Desde arbolitos hasta ingredientes para las hallacas, pasando por cohetes y algún disco de Maracaibo 15.

Las mejores decoraciones de navidad las encontrabas en casa de María. Toda la gente del pueblo se acercaba cada año a visitar su casa para ver el nacimiento enorme que María hacía cada año, preparado con cajas de cartón, con lagos y ríos de papel de aluminio y casitas de papel pintadas con acuarela. Mientras tanto, su marido y su hija la ayudaban atendiendo los visitantes de la tienda. Se podría decir que María vivía para las navidades, desde el 15 de diciembre al 6 de enero y luego el resto del año planificando las siguientes.

Pero los tiempos cambiaron. El cambio, esa constante que no controlamos y que juega la lotería cada día. La gente cada vez se volvió menos amable y desconfiada. La política, la cual era reservada para pensar en ella solo cada 5 años, se volvió una constante en el día a día de las mentes y la vida de cada venezolano. Millones de familia se dividieron, amistades se disolvieron y Venezuela migró. Parece que hubo un momento de felicidad, abundancia y riqueza, seguido por una gran miseria.

Hace unos años, pasé por la tienda de María. Su marido había muerto y cada vez era más difícil mantener la tienda. Todo estaba muy caro y ya nadie compraba nada. Así que comenzó a quedarse con las estanterías llenas de polvo. De tanto en tanto, una oscura entidad venía y le pedía todos los documentos legales de la tienda. A veces, se llevaban cosas de la tienda a cambio de no cerrarla, no porque no tuviera los papeles en orden, sino porque las entidades tenían el poder.

Finalmente, María cerro la tienda y se mudó con su hija al extranjero, a una tierra misteriosa y fría. Su hija vivía en un pueblo alejado de la ciudad, donde todas las casas se parecían, donde se hablaba otro idioma y donde los horarios para las comidas eran muy raros. María estaba triste.

“Quizás tu madre sea más feliz en su tierra, con su gente”, dijo un día su yerno a la hija de María. Ella estaba escuchando pensando en su tienda en Maturín. Si pudiera, cogería el primer vuelo a Venezuela, pero sabía que no encontraría a nadie allí, que lo que alguna vez existió, quedó para siempre en su imaginación, en su memoria.

Llegó el otoño y era lo peor para María. No soportaba el frío ni las capas y capas de ropa que tenía que llevar. La navidad no se sentía, la música era aburrida, lenta, la comida era como cualquier otra. Las formalidades eran la orden del día y no encontraba la devoción por el ambiente festivo en las calles. Los jóvenes no se emocionaban por visitar a la familia, como si les pesara.  

Era la noche de navidad, María se vio en el espejo. Se vio vestida de invierno y no pudo evitar sentirse ridícula. Bajó las escaleras y caminaba al salón esperando sentarse en una mesa por tres horas, no comenzar hasta que todos estuvieran sentados y brindar con cava. Al entrar al salón, para su sorpresa, el ambiente era alegre. Su hija había arreglado todo de tradiciones venezolanas mezcladas con las de su marido de ese país. La Billo’s se escuchaba de fondo junto con otras canciones típicas de la zona. Estaban los amigos venezolanos de María y los amigos de su pareja, tomando ponche crema y cava, hablando y bailando. María sonrió.

A la hora de comer sacaron el pan de jamón, pernil, ensalada de gallina, las hallacas. Pero también sacaron toda la comida tradicional de ese país. María no pudo evitar pensar que ese día se comerían hallacas venezolanas en todos los países del mundo. Desde China, unas horas después en Europa, 5 horas después en nuestra tierra venezolana y luego en México, recorriendo el planeta entero, compartiendo nuestra tradición con los que nos acogieron, diciéndoles a cada uno que desamarren su hallaca, ese hilo que nos une por todo el mundo y nos ancla a un sitio. Les diremos que aprendan bien a desamarrar, que el año que viene serán más.

María no pudo evitar agradecer, a pesar de todo, poder seguir comiendo su hallaca e integrar las nuevas tradiciones de navidad en su vida. Agradecer estar con su familia venezolana y su nueva familia, aquella que nos acoge alrededor del mundo.  

P.D: Donde sea que estén disfruten de lo que tienen, recuerden lo bonito de nuestras navidades, compártanlo, intégrenlo con lo nuevo de cada sitio donde se encuentren. Esa Venezuela que recordamos existe, en cada uno de nosotros, en cada uno de nuestros recuerdos, vivencias, emociones. Está allí y podemos volver siempre que queramos.

¡Salud y Feliz Navidad!

Flia. González Salges.

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