Ashtanga yoga a través del Dhammapada y el Tao Te Ching

Conocí el Ashtanga Yoga estilo Mysore hace trece años cuando recién llegaba a Madrid. Mi primera aproximación fue puramente física. Practico la escalada y algunos amigos me lo recomendaron para estirar el cuerpo. Recuerdo entrar a la sala y sorprenderme al ver que cada alumno estaba haciendo una postura diferente y no había un profesor que guiara la clase. Dos personas caminaban por la sala ayudando a cada uno con sus necesidades. Uno de ellos, me recibió y me explicó cómo funcionaba el método.

Ashtanga Yoga es el nombre que recibe un tipo de enseñanza de yoga tradicional de la India centrada en una vigorosa práctica física que incluye una serie de posturas unidas entre si mediante la respiración, creando de esta manera una secuencia continua. Durante esta práctica cada alumno va aprendiendo poco a poco, respetando su condición física. Los alumnos van llegando a la sala y practican en silencio. Para algunos la práctica es de 30 minutos, para otros es de toda la serie: 1h 30 min.

Como mencionaba anteriormente, mi objetivo al comenzar a practicar yoga era estirar el cuerpo para complementar la escalada. Sin embargo, después de la primera clase, rápidamente entendí que este tipo de enseñanza permite conectar con una práctica muy individual al ritmo de la respiración, que le da la oportunidad a cada alumno de entrar en una meditación muy profunda. Al no ser una clase guiada, el encuentro con la mente se hace muy evidente, sin existir factores externos que requieran atención.

Desde fuera, el Ashtanga Yoga parece una práctica muy rígida. Gran parte de esto es por su aproximación en Occidente. Para hacer una analogía, cuando te preparas para un maratón, la primera vez que sales a correr no haces los 42 Km, ¿Cierto? Sería una locura. Entonces, ¿por qué hacerlo con el yoga? Muchos se alejan de este método por no acercarse a él de la manera que es transmitido desde su origen, sino con un enfoque occidental, generando la falsa creencia de que el Ashtanga Yoga no es para todo el mundo por sus exigencias físicas.

El primer día mi práctica fue de 30 min y se mantuvo así por un tiempo, hasta que poco a poco me enseñaban una postura más, alargando la práctica hasta completar toda la serie. Creo que pasaron dos años hasta completarla, mientras que, en un centro de yoga occidental, se suele hacer toda la serie en el primer día. ¿Qué puede salir mal? Todo.

No hay yoga sin un ideal de transformación, de autorrealización, de conexión, de sentido espiritual. El Ashtanga Yoga, no es una excepción. Sin embargo, al ser una práctica trasmitida como un mero deporte o técnica de gimnasia, se muestra como una enseñanza falseada, obsesionada con el estiramiento, con devorar posturas, con poner el cuerpo como el fin en sí mismo, cuando el auténtico yoga es un instrumento para el desapego, la paciencia, la disciplina, el entendimiento, la ausencia de ego, la concentración. El cuerpo no es más que un instrumento, un medio para aquietar la mente y para llegar a ese estado de meditación. Si nos aproximamos al yoga liberándonos del narcisismo occidental y del culto al cuerpo, practicando de manera consciente, recordando que las posturas son un medio adaptable, la práctica simplemente se vuelve maravillosa.

En este sentido me viene a la mente algunos pasajes de las enseñanzas de Buda, el Dhammapada, así como también algunos capítulos del Tao Te Ching de Lao-Tzu, que mencionaré a continuación.

La palabra yoga aparece antes del Dhammapada y antes del Tao Te Ching. “Yoga”, hasta donde tengo entendido, se menciona en el Rigveda, 3000-2000 años a.C aproximadamente. Sin embargo, el texto de referencia en el yoga es el Baghavad Gita (siglo III a.C aprox.)donde se refiere a este como la “unión” y/o “conexión”. Sin embargo, en mí resuena el budismo como filosofía de vida, pero, además, durante la clase de literatura oriental me sorprendió el Tao Te Ching, donde algunos capítulos llaman mi atención como analogías con la práctica de Ashtanga Yoga.

Una de las desvirtuaciones cuando dejamos de ver el cuerpo como un medio sino como un fin en sí mismo, es la pregunta con la que me encuentro muchas veces:

—“¿Haces toda la serie?, ¿Hasta qué postura llegas?, ¿Cuántas posturas haces?”

Pienso, ¿Por qué quiero hacer toda la serie? ¿Es realmente importante hacer toda la serie? Creo que no. La práctica de yoga ayuda a alejarse del deseo y del apego. Yoga no es hacer más posturas. Yoga es entrar es ese estado de concentración que se logra cuando estás realmente haciendo una cosa, más no pensando en la siguiente postura. De esta manera no se disfruta, se sufre, lo cual me lleva a las cuatro nobles verdades del budismo:

  1. El epicentro de la vida humana es el sufrimiento
  2. Las causas del sufrimiento son el apego y el deseo
  3. La manera de cesar al sufrimiento es no responder al deseo
  4. Para lograr que cese el sufrimiento se requiere del Noble Sendero Óctuple:
  • Recto entendimiento
  • Recto pensamiento
  • Recta palabra
  • Recta acción
  • Recto medio de vida
  • Recto esfuerzo
  • Recta atención
  • Recta concentración

Después de un tiempo queriendo devorar posturas, entendí. Mi objetivo con la práctica de este método de yoga, es concentrarme, es disciplinarme, es liberarme del deseo y del apego. ¿Cómo lo iba a hacer si mi prioridad eran las posturas? Si estaba pensando en querer más, no estaba controlando la mente del deseo. El capitulo 3 del Dhammapada dice:

“Es bueno controlar la mente: difícil de dominar, voluble y tendente a posarse allí donde le place. Una mente controlada conduce a la felicidad”.

No existe cabida durante la práctica de yoga para la mente —o por lo menos se intenta. Si realmente practicamos desde la respiración, desde la concentración, desde la acción, desde la atención, las posturas pasan a un segundo plano. No hay deseo. La práctica es un medio. Simplemente eso. Para mí el medio es Ashtanga Yoga, para otros será otra cosa. Pero no deja de ser un medio. Si lo olvidamos, caemos en sufrimiento, en apego y deseo: el motor de occidente. Por eso todo esto es tan complicado para nosotros. Por eso ha sido tan complicado para mí. Practicar el desapego no es fácil. Tampoco creo que en Occidente lo logremos completamente, pero es bonito intentarlo y sobretodo tenerlo presente. Creo que allí se encuentra la verdadera libertad. 

Ahora, yendo un poco más allá, sobre el medio (Ashtanga Yoga) como tal, el Tao Te Ching tiene más cosas que decir sobre esto en el capítulo 63:

“Abordar lo difícil, por su parte más fácil; hacer lo grande, comenzando por lo pequeño. En el mundo, las cosas difíciles se hacen siempre comenzando por lo más fácil y las cosas grandes, comenzando por lo pequeño”.

Esto refleja muy bien las diferencias en las aproximaciones al Ashtanga Yoga en Occidente o al Ashtanga Yoga estilo Mysore. Tradicionalmente la práctica siempre comienza por lo más fácil. No hace falta ir más allá. Cada uno hace lo que le toca, cada uno hace lo que para él o ella es fácil. La clase nunca es guiada porque somos individuos con necesidades distintas. Unos hacen más posturas, otros menos. Eso no es lo importante. La conexión y la concentración es la prioridad. Lo difícil llegará si comenzamos por lo fácil, con disciplina, con esfuerzo, con el autocontrol que tanto se cultiva en el budismo. Lo que me lleva al capítulo 2 del Dhammapada:

25. “A través del esfuerzo, la diligencia, la disciplina y el autocontrol, que el hombre sabio haga de sí mismo una isla que ninguna inundación pueda anegar”

Y en el capítulo VI, el sabio:

80. Los que riegan, canalizan el agua; los arqueros enderezan la flecha; los carpinteros tallan la madera; los sabios se disciplinan.

Ciertamente, como comentaba el profesor Rafael Arraiz Lucca: “La disciplina es una constante en el pensamiento del buda: sin ella nada se alcanza, sin ella nada se realiza”.  De esta manera, la práctica de Ashtanga Yoga ofrece un camino para sumergirnos en la disciplina a través de la repetición de posturas cada día, donde con el tiempo, los beneficios serán revelados. También nos ofrece un camino al autocontrol y al cese del deseo, de modo que en vez de avanzar hacía aquello que nuestra mente atrae, nos mantenemos inmutables, silenciosos, serenos y fiel a nuestra disciplina. Si nos concentramos en cada momento sin pensar en la siguiente postura, si aceptamos cada instante como único y continuamos practicando con una mente abierta, los momentos de atención, los momentos de concentración, los momentos de meditación se harán evidentes. Enfocarse en el ahora, en la respiración y no en el progreso es lo que nos llevará hasta el final. El objetivo de esta práctica no es potenciar nuestras habilidades físicas, es más bien llenar nuestro cuerpo y mente de consciencia.

Hace unos años asistí a un taller de Ashtanga Yoga, con un profesor que practicó durante veinte años en la India: Peter Sanson. Cada alumno estaba con su práctica individual y él iba caminando, ajustando, ayudando a cada uno con lo que necesitaba. Recuerdo que yo estaba haciendo mis posturas habituales hasta ese entonces, pero no me sentía bien ese día, no sentía que fluía con la práctica, estaba en mi mente todo el tiempo. Yo no dije nada, seguí con mis posturas a pesar de sentir que empujaba un camión, que lo forzaba. Él se me acercó y me dijo: “Para. No sigas. Estás malgastando tu energía. No estás aquí. ¿Para qué quieres seguir?”. Eso me enseñó mucho. Me enseñó a escuchar. Me enseñó a darle sentido a la práctica. Me enseñó a recordar que yo no estoy allí para hacer unas posturas, yo estoy allí para estar conmigo misma y encontrar mi camino hacia la meditación. Me enseñó que no soy más ni mejor por hacer la práctica más difícil. Me enseñó el equilibrio. El Tao Te Ching, el capítulo 35 sobre la moderación y el equilibrio dice:

“El que se levanta en puntillas no se sostiene. El que da pasos demasiado largos no puede andar. El que aparece no luce. El que se estima no brilla. El que se empeña fracasa. El que mucho se cuida no crece”.

En Ashtanga Yoga, los verdaderos obstáculos son las exigencias que nos hacemos a nosotros mismos, por falta de moderación, por deseo, por apego. No por los requerimientos de la práctica. Así como en la vida. No hay perfección ni forma específica que alcanzar, no hay postura a la que llegar, no hay comparaciones que resaltar ni objetivos que cumplir. Si me empeño, fracaso. Sólo existe una infinidad de movimientos de apertura y sobretodo, respiración. El método de Ashtanga Yoga, el cual es una secuencia rítmica y orgánica, nos lleva a ese movimiento y nos lleva a darnos cuenta que, en nuestra vida, estamos dentro de ese movimiento. Paradójicamente, un sistema con tantas posturas nos enseña lo ridículo que pueden ser nuestros apegos y deseos. Nos enseña que la rigidez no es otra cosa si no la impuesta por nuestra mente.

En vez de imponer exigencias, objetivos y requerimientos, podemos enfocar la práctica de Ashtanga Yoga —o cualquier otro medio— como un marco adaptable para explorar, para expresar nuestra vitalidad, para volvernos más íntimos con las fuerzas creativas que nos definen, para entender, para disciplinarnos y sobretodo, para encontrar el camino hacia la meditación. Es entonces cuando podremos practicar sin ambición, sin ningún deseo más allá de experimentar el sublime sentir de estar vivos.

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