Los peligros del extremismo a través de Antígona – Sófocles

Una tragedia escrita a mediados del siglo V a.C, hace preguntarnos qué sucede cuando un líder declara que aquellos que se oponen a él, son enemigos del estado. Algo que los venezolanos conocemos de primera mano, sin embargo no solo pasa en Venezuela. Muchos países atraviesan un estado de oposición, de tensiones con bandos en dos extremos que esperan a que la cuerda se rompa para caer todos al abismo.

La obra, que lleva el nombre de su heroína, refleja este estado de desunión actual en el mundo: los puntos de vista políticos se enmarcan en términos de una lucha entre patriota y traidor, comunistas y fascistas, izquierda y derecha, defensores de la “libertad” y sus enemigos. En definitiva, nosotros y ellos.

Resumen

La obra comienza solo unas horas después del final de una guerra civil y está ambientada en la casa real de Tebas. Edipo, el rey griego, es el padre de Antígona, Eteocles y Polinices. Después de que Edipo fuera desterrado de la ciudad, los dos hermanos de Antígona estaban destinados a compartir el reinado. Pero Eteocles exilió a Polinices y se convirtió en el único gobernante.

Polinices regresó con un pequeño grupo de guerreros y Eteocles luchó contra él, apoyándose del ejército de la ciudad, hasta que los dos hermanos murieron a manos del otro. Los aliados a Polinices fueron expulsados y el cadáver de él fue dejado fuera de las murallas de la ciudad.

Con ambos herederos muertos, su tío Creonte se declaró rey, como era su derecho. Sin embargo hace un decreto: Nadie debe realizar los ritos funerarios para Polinices porque era un traidor. Su cuerpo debía dejarse pudriendo al sol y cualquiera que fuese sorprendido intentando enterrarlo sería ejecutado.

Rechazar los ritos funerarios a los traidores no era algo inaudito. Era aceptado aplastar a los enemigos. Pero el hecho de no enterrar a un familiar era diferente. La situación de Creonte estaba fuera de lo común. Como cabeza de la familia, estaba obligado por costumbre de los dioses a realizar el entierro de su sobrino. Pero en el contexto cívico más amplio del país, podía negar esos ritos a un traidor. Creonte optó por mantener el orden cívico, como solo él creía oportuno.

Antígona se apresura a contarle la noticia a su hermana Ismene. Está segura de que Ismene se unirá a ella para desobedecer el decreto, porque los dioses se sienten ofendidos por un cuerpo insepulto ya que, sin un entierro adecuado, el espíritu de su hermano no puede entrar al hades. Sobre todo, es su hermano, traidor o no, y es su deber como miembros restantes de su familia, enterrarlo.

Sin embargo, Ismene le ruega que no desafíe a su tío Creonte. Solo somos chicas, dice ella. No podemos luchar contra el decreto. Los muertos no nos juzgarán. “Moriremos; ¿Que bien hará?” Antígona se vuelve inmediatamente contra su hermana y le dice: “Tú, adelante, deshonra lo que los dioses honran, si crees que es mejor”.

Antígona, sola, lleva a cabo su plan: salir de las murallas de la ciudad, donde yace el cuerpo de su hermano, y lo sepulta. Cuando Creonte se entera de lo que ha hecho Antígona, la lleva ante él y declara que debe morir. Ella es desafiante y desdeñosa. Su desafío a su autoridad solo aumenta la determinación de Creonte. Cuando su hijo Haemon, el prometido de Antígona, intenta razonar con él, Creonte se niega a escuchar. Así mismo, Ismene, ahora arrepentida, afirma que ella misma ayudó a Antígona, a lo que esta le responde con desprecio. En sus cruzadas en solitario por la justicia, tanto Creonte como Antígona ignoran el dolor de sus seres queridos.

Creonte ordena que lleven a Antígona a una cueva y la dejen morir de hambre. Luego recibe la palabra de un profeta de que los dioses lo castigarán por poner un alma viviente bajo tierra y mantener un cadáver en la superficie. Creonte rechaza la profecía, pero el coro de ciudadanos lo convence de ir a salvar a Antígona y enterrar a Polinices. Se apresura a ir a su tumba, demasiado tarde. Allí encuentra dos cadáveres. Antígona se ha ahorcado y Haemon, el hijo de Creonte, ha caído sobre su espada. Cuando la esposa de Creonte se entera de la noticia de la muerte de su hijo, ella también se suicida.

“Llévenme”, dice Creonte atónito a los ancianos de la ciudad. “Soy peor que inútil; Soy despiadado”.

Los peligros del extremismo

Creonte partió de una posición de defensa del orden civil: los traidores deben ser castigados, y quienes les muestran amor son igualmente traidores. Pero sus principios llevaron a la muerte de muchos, incluido su hijo, Haemon, que no era un rebelde, solo un joven enamorado.

Haemon era un moderado que, con Ismene, trataron de persuadir a Creonte y Antígona para que abandonaran su intransigencia. Al final, sin embargo, ellos también fueron arrastrados al borde del caos y la violencia. Incluso la madre de Haemon, que aparece en el escenario solo brevemente, se convierte en una víctima.

Es muy fácil ver a Creonte como el único responsable de la tragedia. Sin embargo, Antígona representa el otro extremo, desmedido, desbocado. Sin bien Antígona simboliza el conflicto entre la ley moral y la ley cívica en la sociedad, lo hace desde la rabia, desde la impulsividad, llegando a ser tan arrogante como su tío Creonte.

Todos los personajes de la obra se vieron obligados a entrar en la arena del bien contra el mal, ya sea porque se amaban o amaban sus propias convicciones. Es imposible que ningún personaje permanezca en el medio: se ven obligados a los extremos, donde la muerte o el dolor se eligen o se les imponen.

Cuando los ciudadanos se convierten en enemigos, todos salen perdiendo. Cuando la identidad primaria se reduce a “nosotros” y “ellos”, la definición de justicia se estrecha. Se convierte simplemente en lo que nos ayuda a “nosotros” y los perjudica a “ellos”.

Cuando un líder insta a los ciudadanos a identificar a sus enemigos como enemigos del estado, lo que esos ciudadanos pueden terminar teniendo más en común entre ellos es la ira, el miedo y el desprecio mutuo. Más aún, los ciudadanos frecuentemente se convierten en una suerte de líderes de su posición, identificando ellos mismos a sus enemigos y juzgándolos con el mismo desprecio que quien incitó la política del odio.

¿Y qué hay de los Ismenes y Haemons del mundo, aquellos que intentan disuadir a otros de acciones precipitadas y reducir las tensiones? Pasa que los moderados suelen ser los que más sufren. Los extremos luchan entre sí hasta la muerte sintiendo que hacen lo correcto. Los moderados normalmente están sujetos a los ataques de ambos bandos. Surgen las etiquetas, surgen los opuestos, surge la rigidez, surge lo radical. No hay medias tintas.

¿Qué pasa al final de la tragedia? La insensatez de Creonte se termina cuando contempla los cadáveres de su hijo y su esposa: ha conocido la naturaleza de su alma. Antígona, por su parte, muere.

¿Y quién gana en esta tragedia? Nadie. Es una lección de la cual hemos sido testigos infinidad de veces, pero que estamos condenados a repetir. Una tragedia escrita 500 a.C describe el mundo moderno. La historia, ciertamente, parece ser cíclica.

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